«Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz»
Leonardo Da Vinci
Supongo que usted también ha sido testigo de una discusión sobre un tema determinado, ya sea entre dos personas o más y siempre hay alguien que aferrado a su verdad eleva su tono, buscando tal vez la aprobación del resto.
Esto sucede en cualquier lugar, incluyendo la casa y el centro de trabajo, ya sean personas con mayor o menor nivel cultural y caen de manera irremediable en el vacío del grito, aclamando que tienen la razón.
Es bueno y sano escuchar y ser escuchado de una manera sencilla, locuaz y con todo sentido de respeto, debemos dirigirnos hacia otras personas y expresar nuestra ideas, sentimientos, dudas, pero de la mejor forma posible.
Se tenga o no la razón lo cierto es que como personas racionales debemos emplear las normas de educación formal a tiempo completo. Si discutimos con alguien debemos modular la voz y exponer con sentido, seguridad y paciencia, nuestro punto de vista. En caso que el contrario no asuma nuestra posición o no entiende, no se debe esperar a más, simplemente damos el tema por terminado alegando “no nos vamos aponer de acuerdo” o “en otro momento hablamos”.
Es cierto que en ocasiones el orgullo nos roe y nos empeñamos en demostrar lo que planteamos. Por ello es aconsejable no llegar al punto de la discusión. Podemos indicarle al interlocutor que su voz alta no conduce a nada, que se tome su tiempo para ventilar el problema, que de esa manera es mejor no hablar.
Nadie es perfecto y la vida se empecina en ponernos a prueba. Cada día, el examen final nunca llegaremos hacerlo, pero podemos mirarnos por dentro, pensar y dar un giro que sea para bien. Los seres humanos somos complicados, pero superiores a otros seres vivos, entonces es válido demostrar lo que valemos.
Alguien dijo una vez que: “a medida que avanza una discusión, retrocede la verdad”. Pensemos que la tranquilidad y un buen argumento te hacen ganar, no gritar y protestar.