No podía la muerte imaginar que dos de sus víctimas cabalgarían nuestro tiempo dentro de los vivos, aún muchas décadas después.
Aquel 8 de octubre de 1967 falló la parca al atentar contra el argentino tan cubano, el Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara.
Se equivocó también al intentar cubrir con su manto sombrío a Camilo Cienfuegos, porque el 28 de octubre de 1959, su avión cayó en el agua del recuerdo que hoy se mantiene vivo entre los cubanos.
Camilo y Che constituyen figuras emblemáticas que sobrevuelan inviernos y veranos con sonrisas anchas y sombreros alones, que otorgan lecciones de humanismo a nuestro pueblo por el legado escrito y las hazañas de su vida.
No hay mejor época que cada octubre para homenajear a los grandes de la historia, a los que no se recuerdan con lágrimas porque ni en difíciles momentos claudicaron, no se vieron llorar jamás ante la hostilidad de sus enemigos.
Por méritos propios que no basta en un minuto o en una hoja de papel resaltar, Camilo y Che se adentran en el alma de los jóvenes de ayer y de hoy, de los guerrilleros, los militares y civiles.
Son los ejemplos vivos que más allá de un retrato en la pared inspiran a los cuadros del Estado. Para ellos, son baluarte, la fuerza impulsora para defender las conquistas de la Revolución que estos dos héroes junto a muchos cubanos propiciaron.
En mi opinión, cada día debe caminarse con los pasos del Che, debe pintarse en nuestro pueblo la imagen de Camilo.
En cada octubre regresan vivos- como permanecen siempre en el corazón de quienes aman verdaderamente a esta Isla- y aguardan en el tiempo para llenar también de luz a las generaciones venideras.