Eras apenas un niño cuando escuchaste estas palabras, un adolescente de tez blanca y ojos expresivos que al instante definió su destino: serías un integrante de aquel ejército de lápices y cartillas, serías: un maestro.
Solicitaste el ingreso a las Brigadas Conrado Benítez con la misma seriedad con que protegiste tu escuela secundaria básica ante el ataque mercenario de Playa Girón y te incorporaste a las filas de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Con la misma seriedad que empuñarías tu Manual de maestro.
Siguieron la separación del hogar, los días de entrenamiento y la preparación mínima técnica en el Campamento Granma de Varadero. El azul de la playa no te acompañó de vacaciones, a ellas habías renunciado sin dudarlo, estabas allí para aprender a alfabetizar.
La provincia de Las Villas te recibió con tu uniforme de brigadista y la luz de la verdad dormida en un farol, presta a despertarse para alejar la oscuridad y desterrar la ignorancia. Los campesinos conocieron de tu nobleza y sensibilidad mientras aprendían las primeras letras.
La caballerosidad te llevó a sustituir a una compañera, así llegaste hasta la familia Lantigua. A las clases impartidas con disciplina y sistematicidad se unieron el amor de los niños, la cacería de jutías, el disfrute de comerlas asadas y los trotes a caballo. No renunciaste ante las amenazas de las bandas contrarrevolucionarias a la zona. Tú, el maestro, insististe en mantener tu puesto.
Aquella mañana, junto con el aroma a café llegaron los malhechores, criminales enmascarados como milicianos arremetieron contra la familia Lantigua. Una madre enérgica, Mariana de nombre y espíritu defendió a los suyos, arrancó a su hijo de las garras de los bandidos y te reclamó como retoño de su numerosa prole… pero tú exclamaste: « ¡Yo soy el maestro!».
Ese 26 de noviembre de 1961 llovió en el lomerío de la Finca Palmarito, el Sol marchó triste y rápido hasta el ocaso, como evitando ser testigo del horrendo crimen, el Astro Rey se ocultó impotente entre nubes rojas, celajes tan rojos como la sangre que brotaba de las heridas de los dos cuerpos, dos cuerpos que exánimes, fueron revelados por una Luna blanca de pavor y temblorosa de ira.
El destino unió tu sangre pura a la de Conrado Benítez y… quizás allí, en las oscuras manos de la tortura y la traición junto a tu alumno Pedro Lantigua, en la agonía cercana a la muerte: tú, el maestro Manuel Ascunce Domenech, veías el mar de boinas verdes, escuchabas el himno y las palabras de Fidel que un día te hicieron entrar para siempre en la historia.

