
Texto y foto: Maivy Cruz González
Qué triste es no conocer el mar. Realmente no quisiera estar en la piel de esos cubanos que quizás, nunca han respirado el aroma a sal o disfrutado de un atardecer con el sonido de las olas como música de fondo, en segundo plano. Pero los hay, sí que los hay, a pesar de vivir en una Isla.
Cuando yo comencé a conocer La Habana -digo-porque aún no termino de hacerlo, llamaron demasiado mi atención esos rastros de naturaleza en plenitud, vivos y radiantes dentro de una gran ciudad. Su bosque, su río Almendares, pero sobre todo la Bahía…. esa bahía de ensueño amurallada por unos cuantos metros de altura que no son suficientes para amilanar el poderío y la rebeldía de las olas durante el mal tiempo.
Pero La Habana es más que el malecón, es más que las piedras incómodas: -los “dienteperro”- como muchos le llaman. La Habana es el mar, disperso, por doquier, con “peste a sal” como alguna vez escuché decir a una buena amiga. A ella, por supuesto, no le hacía mucha gracia el mar. Sin embargo, lo tenía frente a frente cada mañana, porque cuando yo empecé a conocer La Habana ella la descubrió conmigo.
Fue hace varios años. Tenía entonces 17 y una vida por delante. Muchos sueños, una carrera universitaria y una Residencia Estudiantil.
Ya conocía La Habana, le llevaba ventaja a los de provincias lejanas, pues muchos ariguanabenses, como yo, veían a la capital como la excursión perfecta para el verano: Coppelia, malecón, cines, teatros. Hasta las tiendas del Hotel "Habana Libre" nos servían de pasarela, con sus vidrieras, sus maniquís y su ropa Fariani o Dolce & Gabanna. Éramos solo chicas perdidas en la inmensidad de una Habana que se queda en el recuerdo, que nos evoca con nostalgia una etapa maravillosa de nuestras vidas.
Entonces, cada tarde, retomábamos ese diálogo con el mar. Viendo ponerse el sol desde el balcón de mi beca, a veinte pisos de la calle, me convertí en aficionada a la fotografía. Luego, en las noches, el mismo ángulo, sin variación, acompañado por las luces de la ciudad, de los autos, el alumbrado público dorado y rojizo.
Y al graduarme, cuando pensé romper mi relación sentimental con aquella infinitud populosa de La Habana, llega a mi vida una nueva historia, un amor que pudo haber nacido en cualquier escenario, pero dio frutos en una Plaza Vieja, en un banco a varios metros sobre el nivel del mar, junto al Cristo, en una lanchita y en la Bodeguita del Medio donde garabateó sus iniciales en la pared inolvidable debajo de una escalera.
Desde entonces, regreso una y otra vez. Nunca más he podido pasar por la calle G o Línea, sin sentir el peso de una mochila de viajera, nunca podré ir a Centro Habana sin girar el cuello hasta la Escalinata, nunca podría pasar por Obispo, sin que se me estruje el corazón ante el recuerdo de las tantas veces que golpeé sus adoquines con mis zapatos.
La Habana hoy es Zoológico, parque de la Maestranza, cruceros como fondo de selfies, es un niño pequeño viendo los delfines en un Acuario y caminando el Parque del Quijote. Esta ciudad que cumple 500 años, continúa rememorando mi vida, y la de todo el que la conoce. Es la página de una historia que seguirá ahí, rescatada, bella, iluminada, sólida, para que otros puedan verla y soñarla, ya sea desde un balcón, o junto al mar.

