Mario Díaz (izquierda) Inspector de Tránsito. Foto: Janet Hernández
Al amanecer de cada miércoles, hace ya casi dos meses, me traslado hacia Artemisa, la capital provincial, para recibir un curso de superación. Las primeras luces de la jornada me sorprenden en el punto de recogida de pasajeros cercano al Instituto Preuniversitario Urbano Batalla del Jigüe. Allí, en su puesto, con gran agilidad para moverse de una vía a la otra, capacidad para memorizar el destino de cada viajero y derrochando humor criollo, se encuentra Mario, listo para contribuir a una solidaridad que no cree en coyunturas.
El primer paso es marcar en la cola y si es necesario rotar hasta que llegue Eleanet mi compañera de viaje, pues de mutuo acuerdo, la que llega primero se encarga de garantizar un lugar en el ansiado transporte. Mientras espero, observo las peripecias del inspector, cuyo oficio lo ha llevado a distinguir la posibilidad de un traslado a más de diez metros de distancia.
Compruebo con satisfacción, como los choferes, tanto estatales como particulares, que transitan por la vía conocida como Carretera de la Circunvalación o emergen desde la Carretera hacia Vereda, se detienen para recoger a las personassin mediar la seña del inspector. Otros aminoran la marchan para demostrar que van completos de pasaje. También están los que aclaran: “¡Me quedo ahí adelante!”.
Lamentablemente, tampoco faltan los que provocan la ira, pues furtivamente tratan de evadir la esperada “botella” que anhelamos los allí concentrados.
La solidaridad se agradece, por supuesto, sin embargo me pregunto: ¿Es esta solidaridad circunstancial? ¿Perdurará la sensibilidad de que han dado muestras los choferes cuando la situación económica no constituya un titular en los medios de prensa? ¿Sobrevivirá este, ya casi hábito, de ayudar al viajero? ¿Mantendrán los directivos a disposición del prójimo los carros de las empresas, cuando no sea cosa de un día o dos?.
Los cubanos nos crecemos ante la adversidad. Somos por naturaleza alegres, bulliciosos y jaraneros. Nos preciamos de ser laboriosos, emprendedores y a veces bien agudos con las críticas. No obstante, considero que no hay personas más sensitivas que los nacidos en esta isla para sentir el dolor ajeno, los que nos hace por impulso: solidarios.
Por tanto, la solidaridad que respiramos por estos días debe ser la regla y no la excepción. Debe ir unida a la satisfacción personal y no a la obligación laboral. Debe ir desde la ayuda al vecino, hasta la mano tendida hacia la persona que vemos por primera vez. Debe ir unida al cambio de mentalidades, a la crítica oportuna y al estímulo necesario.
Aspiremos a una solidaridad que trascienda más allá de situaciones económicas complejas y que reflejen ese tan necesario pensamiento colectivo. Logremos una solidaridad no circunstancial, una solidaridad sin coyunturas.

