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¿Está Raulito? - Pero… ¿Usted no lo sabe? Raulito tiene un contrato de trabajo en el extranjero, se fue hace algo más de dos meses. - ¡Ah no sabía!, disculpe.
Lo vi marcharse arrastrando los pies. Mientras miraba su espalda viajé involuntariamente a más de veinte años atrás: Raulito sentado en la puerta vecina, esperando inútilmente a que su papá lo viniera a buscar. Negándose a alejarse del lugar porque: “Si no me ve, no va a tocar“. Recordé esa misma espalda haciéndose pequeña después de pasar por una u otra esquina y a Raulito entrar desconsolado en la casa, entonces sentía la voz de Graciela: “Tú papá seguramente tenía algo urgente, por eso no vino” o “ quizás no te vio, seguro iba apurado”.
La escena se repetía casi a diario desde que Graciela y Manuel (mi vecino) se casaron y Raulito, con cuatro años de edad comenzó a formar parte de una nueva familia. Supe por Graciela que la separación de Raúl y ella había ocurrido desde tres años atrás y como sucede en muchos casos, no fue nada amigable. Seguido al divorcio de la pareja, sobrevino el divorcio del padre y el hijo. Reclamos tales como; “ese niño come mucha malanga” y “yo no voy a mantener a todo el mundo en tu casa, aunque mi hijo viva allí”. Lo recogía a deshora en el Círculo Infantil y ni hablar de los meses sin pasarle la pensión (30,00 CUP). No obstante, lo visitaba con frecuencia hasta que un día encontró a Manuel sentado en la sala de la casa de los padres de Graciela.
Las visitas de Raúl se hicieron cada vez más escasas y cuando se mudaron al nuevo hogar, dependían de que el niño lo esperara sentado en la puerta, para lograrlo utilizaba excusas que hasta hoy se desconocen. Lo cierto es que mi vecinito lo esperaba día tras día, y el papá, como se dice en buen cubano “brillaba por su ausencia”.
Mucho se ha hablado y escrito del riesgo que conlleva para los menores la falta de la figura paterna. Algunos estudios realizados informan que los coeficientes intelectuales inferiores y peores resultados académicos; la desestabilización emocional y afectaciones en el proceso de transición que comienza en la adolescencia y termina en una inserción exitosa en la comunidad; los trastornos mentales en el niño, ansiedad, tensión, depresión y enfermedades psicosomáticas, son manifestaciones que pueden presentar los menores ante la ausencia paterna.
Sin embargo, más allá de los estudios y las estadísticas me pregunto: ¿Conoce el padre alejado las consecuencias de su actitud o simplemente prefiere ignorarlas? ¿Es posible desentenderse de las obligaciones con esa persona que no lo escogió como progenitor? ¿Es tan fácil ausentarse de la vida de un hijo sin pena o remordimientos? Fíjense que no me refiero a las obligaciones que le asignan la Constitución de la República, el Código de la Familia y la Convención de los Derechos del Niño, porque para mí no se trata de leyes: se trata de sentimientos… se trata , sobre y ante todo, de amor.
Entiendo que la familia cubana en general y la ariguanabense en particular se diversifiquen y transformen, la familia tradicional de papá, mamá y nené ha evolucionado, digo ha evolucionado, porque considero la ausencia voluntaria más como una involución, principalmente para el que se lo pierde.
Muchos padres como Raúl perdieron la oportunidad de estar cerca: no supo de la alegría de ver a su hijo aprobar las pruebas de ingreso para el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, ignoró la ansiedad y el orgullo de verlo cumplir con el Servicio Militar, no conoció a muchas de sus novias y no siguió paso a paso la elaboración de la tesis para graduarse de ingeniero.
Ese día lo vi marcharse arrastrando los pies. Mientras miraba su espalda recordé mi conversación con Raulito más dos meses atrás, cuando me comentó que se marchaba durante un año, pues tenía un importante contrato de trabajo en el extranjero. Después de felicitarlo le pregunté el parecer de sus padres, sonriente me contestó: “Mami y Manuel están preocupados, pero contentos. A mi papá hace más de un año que no lo veo”.
Recordé la espalda haciéndose pequeña, al niño lloroso en la puerta, esa misma espalda alejándose con un arrastrar de los pies… y pensé: Este pudiera ser el precio por la ausencia.


