¡Préndelo, préndelo, por goloso!

Learning-From-Our-Kids-The-Importance-of-Diversity-in-Earl-15869-41e1710930-1520363017 El grupo de niños, al tomarse de las manos, formaba una cadena.

Un niño era el “el cabo” y otro “la punta”, entonces se preguntaban y contestaban a coro:

- ¿Cuántos panes hay en el horno?

- ¡Veinticinco y uno quema ‘o!

- ¿Quién los quemó?

- ¡El perrito goloso!

- ¡Préndelo, préndelo, por goloso!

Mientras repetían la última frase como un estribillo, el niño elegido como “la punta” guiaba al resto hasta pasar por debajo del “cabo”, así el niño más cercano quedaba virado de espaldas y con las manos cruzadas, así se repetía el diálogo y la acción, hasta que todos los jugadores quedaban virados de espaldas y a la orden de: ¡La soga se rompió! , comenzaban a tirar. Resultaba ganador entre “el cabo” y “la punta” el que más jugadores lograba tener de su lado cuando se rompía “la soga”.

El juego “El perrito goloso”, resultó hace varias décadas, uno de los preferidos a la hora del recreo, junto a La cojita, Álanimo, Las cintas, El gato y el ratón, La señorita, El cinto, El pañuelo o pañoleta, Mar y tierra, El líder, ¡Oh, Susana!, La pájara Pinta, en fin… después de merendar, constituía un dilema seleccionar entre estas opciones y otras no menos atractivas , el juego al que nos dedicaríamos durante ese horario, al que accedíamos sin distinción de sexo y hasta de edad. Muchos juegos eran populares durante “temporadas” enteras, unos se mezclaban o se enriquecían con aquellos inolvidables “piteos” fruto de la imaginación o de la vinculación con los personajes animados de turno; otros eran rápidamente olvidados; no así el disfrute que provocaban.

Por increíble que parezca, mi generación jugaba en plena adolescencia: durante la etapa de la Escuela al Campo, mientras nos dirigíamos a los surcos, alguien “se comió el pastel que le hizo su mamá”, “trajinaba a un novio dejándole los huesos, el barquillo… bañándose con otro en la playa” y el preferido: “¡se quema el campamento!”. El juego convivió con la música de moda, las casas de estudio, las actividades pioneriles, y con la actividad rectora principal de este momento de la vida: las relaciones íntimo personales, quizás por eso, le debemos al juego esas buenas amistades que se resisten al tiempo y a las distancias.

 

Definido como una actividad recreativa que llevan a cabo los seres humanos con un objetivo de distracción y disfrute para la mente y el cuerpo, el juego se resulta necesario para el niño que se está conformando como persona social, indispensable como actividad para los jóvenes y una experiencia conveniente para el adulto.

 

Desde el punto de vista psicológico y pedagógico, el juego o actividad lúdica contribuye al desarrollo de habilidades motrices básicas, propicia el bienestar emocional de los niños, produce cambios cualitativos en el desarrollo psíquico-social,estimula la creatividad y amplía las relaciones interpersonales.

 

Si bien es cierto, que el Tercer Perfeccionamiento Educacional, ha introducido transformaciones positivas, como el incremento de las frecuencias de juego en los primeros grados y posibilita la construcción en los centros escolares del currículo institucional sobre la base de los criterios de los estudiantes, de los maestros y de la propia comunidad, aún no se logra en nuestras escuelas ese receso por momentos del desarrollo, en el cual el juego tenga el papel protagónico. Es la escuela el espacio ideal para encaminar la actividad lúdica, porque tiene las condiciones creadas para hacerlo de forma científica, ordenada, planificada y sistemática.

 

No obstante, considero que la escuela no tiene toda la responsabilidad, pues los llamados juegos tradicionales pasan de generación a generación, se transmiten de abuelos a padres y después a los hijos. ¿En qué lugar del espacio – tiempo han quedado olvidada estas tradiciones? En lo personal, no creo que la culpa la tenga la tecnología, más bien la familia se ha acomodado y dejado a esos artefactos (que conste que no empleo la palabra con una intensión despectiva) la responsabilidad de “recrear y distraer”, sin hablar de que muchos lamentablemente también los asocian con “enseñar y educar”.

 

Mucho puede hacerse si reforzamos la interacción familia-escuela-comunidad, la iniciativa puede partir de unos o de otros, pues aunque las nuevas generaciones se parezcan más a su tiempo que a sus padres, merecen la alegría de disfrutar de una niñez plena y feliz, donde junto al bip o la voz electrónica en una Tablet o celular, se escuchen las risas y un estribillo casi olvidado:

- ¡Préndelo, préndelo, por goloso!


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