Era muy pequeña y pensaba que era una fiesta cuando se acercaba una tormenta tropical a Cuba. ¡Me gustaba! Y le pido, amigo, que no me tilde de tonta o de inhumana.
Ya dije que era una niña y como tal, la inocencia solo me traspolaba a la oportunidad de que muchos vecinos durmieran ese día en mi casa, y hasta Lassie, la primera perra que tuve en mi vida, podría resguardarse del enemigo que se acercaba dentro de mi casita de placa. Me encantaba que mamá hiciera la comida, esa noche muy rica, porque había que estar lleno para el ciclón.
Desde unas horas antes se suspendían las clases. Qué suerte, pensaba, no tenía escuela y entonces podía quedarme en el barrio y ayudar a mi papá a forrar la puerta y las ventanas del frente, únicas en mi casa vestidas con cristal. Y hacer un murito de cemento con bloques para que no entrara el agua al interior del hogar y subirme en el techo para ayudar a quitar la antena. O cooperar botando las ramas de los árboles que fueron cortadas y así evitar daños mayores, decía mi abuelo.
Y hoy cuando han pasado muchos años, entiendo que esa experiencia no era más que la ejecución de las instrucciones que siempre recibe el pueblo cubano del primero de junio al treinta de noviembre, en la temporada ciclónica. La Defensa Civil se ha ocupado de mantener en orden y en estrecha vigilancia todo lo relacionado con la protección de los cubanos y los bienes materiales más importantes para el país, ante eventos meteorológicos como los ciclones.
Medios de difusión, centros laborales, incluso escuelas, se proyectan con acciones para capacitar al pueblo y que a nadie le sorprenda sin saber qué hacer, o cómo actuar, si se acerca una tormenta tropical.
Considero que se hace necesario estar preparados de manera constante y oportuna con respecto a este tema, de esta forma reducimos riesgos y vulnerabilidades durante esta temporada.
Y vuelven los recuerdos y está el televisor encendido, porque todavía no han quitado la electricidad y en la pantalla aparece la imagen de un hombre muy grande, con botas y barba y un coraje tremendo, atravesando el puente de Bacunayagua en pleno ciclón. Mi madre llora y mi padre solo atina a decir que es un bárbaro.
Y era Fidel que no le temía ni a los ciclones, incluso hoy me cuentan que los desafiaba y que a veces la táctica funcionaba. Hacia donde el doctor Rubiera pronosticara que iba el cono, para allá mismo partía el Comandante en Jefe y a veces funcionaba. El ciclón se alejaba de las costas cubanas. Otras veces, como en el 2004, desafortunadamente, la madre naturaleza se imponía, llegó el huracán Charley y destrozó esta zona.
Ya no era tan pequeña y vi llorar a Magaly, mi vecina, porque de su casa solo quedaron escombros. Fue mucha la destrucción de bienes materiales que vi muy cerca de aquí en mi natal Alquízar. Desde ese día dejé de disfrutar el advenimiento de un ciclón.